Hace 22 años aterricé en Japón – 3 días o 300 años en el Palacio del Dragón

Repetir siempre lo de que “el tiempo vuela” cansa, pero es tan cierto que merece la pena decirlo. Es un recordatorio, tanto para los más jóvenes como para los que ya nos vamos haciendo viejos, de que cada día y cada momento es bello y se esfumará entre nuestros dedos como si intentáramos atrapar agua a puñados.

Cuando aterricé en Japón, en el verano de 2004, nunca habría soñado que varias décadas después seguiría aquí. Al principio, al conocer a gente que me contaba que llevaba diez años en Tokio, me parecía algo extraordinario. Ahora lo considero rutinario y de lo más normal. Quizá cuando era un veinteañero le daba demasiada importancia al “lugar” en el que estaba. Aunque el entorno define en parte nuestra existencia, hay otras cosas mucho más importantes que el sitio en sí. Como en cualquier parte, en Japón hay gente feliz e infeliz, ricos y pobres, rincones preciosos y otros feos o descuidados.

Y aunque le dé menos importancia al lugar, no puedo negar que Japón y sus gentes han esculpido mi carácter. Ahora que llevo media vida aquí, puedo decir que mi primera mitad fue educada en España, y la otra mitad en Japón. ¿Cuál es el resultado?¿Sería ahora una persona diferente a si hubiera estado por ejemplo en Singapur, en Estados Unidos o en Holanda?

En un mundo en el que viajamos y vivimos aquí y allá, cada vez somos más los que terminamos siendo una mezcla de culturas. Nos une la capacidad de echar raíces en las nubes. Y también el sentimiento de culpa de haber dejado una parte de nuestra familia y amigos allá lejos, en lugares que solo visitamos de vez en cuando.

“¿Qué narices hago aquí?” es algo que me solía preguntar a veces al despertarme escuchando los graznidos de los cuervos y oliendo el aroma de los tatamis.

Urashima Tarō también se despertó desorientado las noches que durmió en el Palacio del Dragón.

La leyenda cuenta que este pescador viajó encima del caparazón de una tortuga hasta el Palacio del Dragón bajo el mar. Al llegar, la tortuga se transformó en una princesa llamada Otohime. Pasó tres días en el Palacio del Dragón disfrutando de banquetes y lujos que nunca habría imaginado. Aunque tenía todo lo que necesitaba en aquel palacio submarino, decidió volver porque echaba de menos a su madre. Antes de irse, la princesa le regaló una caja Tamatebako y le advirtió: “Si quieres poder volver aquí al palacio conmigo, nunca abras esta caja”.

Al regresar a la playa, Urashima Tarō no reconocía a nadie y su madre ya no estaba. Daba la impresión de que habían pasado muchísimos años. Desesperado y confundido, olvidó la promesa y abrió la Tamatebako. De la caja emergió una nube de humo blanco y de repente los trescientos años que realmente habían transcurrido en la superficie afectaron también a Urashima Tarō transformándolo en un hombre anciano de barba blanca.

Esta leyenda es pura fantasía, pero no puedo evitar pensar que mis 22 años aquí tienen cierto paralelismo con los tres días de Urashima Tarō en el Palacio del Dragón.

Pero todavía no tengo barba blanca…

Gracias a Japón y gracias a España por lo que me han dado hasta ahora.

Gracias a vosotros, los que me leéis. Sois mis amigos, ahí al otro lado de la pantalla me acompañáis en las aventuras de la vida. Os deseo un muy buen día allá donde estéis.

¿Cómo ha esculpido tu carácter la ciudad, la cultura, el país en el que vives?

Primer día, 8000 días y 30000 días

El domingo estuve cenando con Lay, acababa de aterrizar y eran las primeras horas de su vida en Japón. Lo miraba todo con ojos de niño que está descubriendo como funciona el mundo. Al lado de Lay se sentó Yoshiaki, quien nació en el año 1944 en Okinawa esquivando de milagro las bombas americanas, y lleva ya 30000 días andando por Japón. Yoshiaki miró la comida con desgana y en enseguida se empezó a quejar del sabor de la sopa de miso.

¿Cómo sintió la cena Lay comparado con Yoshiaki?

Yo observaba con envidia a Lay, y con recelo a Yoshiaki. Quiero ser más como Lay, y menos como Yoshiaki.

Recuerdo mi primer día en Tokio, lo veía todo con ojos frescos y cada detalle me fascinaba. Pero mi día numero 8000 en Japón… ni si quiera puedo recordar lo que hice, seguramente sería un día más.

¿Cómo combatimos la tendencia que tenemos los seres humanos a acostumbrarnos y a dar las cosas por sentado?

En japonés tiene la palabra shoshin 初心, donde 初 (sho): principiante, inicial, comienzo; y 心 (shin): mente, corazón o espíritu. A nivel filosófico la idea fundamental es que en la mente del principiante hay muchas posibilidades mientras que en la del “experto” hay muy pocas. El ideal a atener en la vida es el de conseguir experiencia pero sin olvidarse nunca de mantener el shoshin (corazón de principante).

El shoshin es tu tema que explico en profundidad en mi libro La Magia de Japón pero que cada vez que pienso en ello me doy cuenta de lo sutil y poderosa que es la idea, y lo fácil que es olvidarse de ella y dar las cosas por sentado (es nuestra tendencia humana).

¿Qué estrategias e ideas usáis para mantener el shoshin en vuestras vidas?

40 Lecciones de Vida desde Japón

Ha llegado el momento del año en el que comparto con vosotros un libro que empecé a escribir cuando cumplí los treinta. Acabo de terminar de escribir la lección de vida número cuarenta, la cual he titulado «Sigue al conejo blanco», y el PDF ha llegado a las 96 páginas. Os lo podéis bajar entero para leer cómodamente en vuestro dispositivo de lectura de documentos digitales favoritos aquí:

Si ya habéis leído las 39 lecciones que compartí el año pasado os dejo aquí la 40 directamente sin necesidad de bajaros el libro entero:

40. SIGUE EL CONEJO BLANCO

Al cumplir los cuarenta años aquí en Tokio he reflexionado sobre cuáles han sido las constantes que me han llevado a donde estoy ahora. ¿Qué valores fundamentales han ido moviendo los hilos de los mayores eventos de mi vida?

Para mí, una de las constantes ha sido siempre la curiosidad.
Igual que Alicia en el país de las maravillas, tiendo a perseguir conejos blancos que me llaman la atención.

Cuando vi por primera vez un ordenador quise saber cómo funcionaba una máquina capaz de mostrar píxeles en la pantalla siguiendo las órdenes dictadas por el teclado o por un programa. Es lo que me llevó a empezar a leer libros de programación y más tarde a estudiar ingeniería informática.

Cuando jugué por primera vez con videoconsolas (la mayoría de ellas japonesas en los años 90) y anime y manga japonés, me empecé a preguntar de dónde venía toda aquella creatividad y de ahí surgió mi interés en Japón.

Cuando me conecté por primera vez a Internet a mediados de los 90, lo primero que quise saber fue cómo crear una web. Días después tenía una web online y desde entonces he seguido escribiendo y subiendo cosas a la red.

Misteriosamente, después de años siguiendo mi curiosidad en todos estos temas terminé viviendo en Japón, el país de los videojuegos y manga, y trabajando en empresas de tecnología en las que mi trabajo consiste en crear servicios que se ejecutan gracias a la infraestructura de Internet.

Me pregunto ¿A dónde me llevarán los conejos blancos que comience a perseguir a partir de ahora?

Os invito a hacer el mismo ejercicio, haciéndoos las preguntas: «¿Cuáles fueron los conejos blancos que me llevaron a la situación en la que me encuentro ahora?», «¿Qué nuevos conejos estoy empezando a seguir y a dónde me llevarán?».

Yo confío en que mi curiosidad es sabia y me llevará por buen camino. Quizás a veces me haga seguir conejos que darán rodeos por lugares desconocidos, pero me gusta pensar que la aventura valdrá la pena y al final todo saldrá bien.

Gracias señor Mori

Uno de los primeros lugares de Tokio que visité al llegar Japón en el 2004 fue la emblemática torre de Roppongi Hills. Tuve la sensación de que siempre había estado allí, pero más tarde supe que se había inaugurado en el 2003 y que era una novedad no solo para mí sino para todos los tokiotas. Cuando somos nuevos en una ciudad, tenemos la falsa sensación de que todo ha sido siempre como nos lo encontramos al llegar.

Durante aquella primera visita, cuando me hice las típicas fotos de turista frente a la estatua de la araña, no sospechaba hasta qué punto mi vida se iba a entrelazar con la historia de aquel edificio.

La torre de Roppongi Hills fue construida por Mori, una empresa familiar fundada por Taikichiro Mori, el cual fue un magnate japonés que llego a ser el hombre más rico del mundo durante los años 1991 y 1992 antes de que le robara el puesto Bill Gates. Tras la muerte de Taikichiro Mori, la empresa sigue siendo controlada por sus descendientes.

Todos tenemos historias relacionadas con Mori. Rodrigo me contó que cuando acababa de llegar a Japón preguntó por la calle «¿Dónde está el edificio Mori?» y no le supieron contestar. Solo más tarde te das cuenta de que hay casi un centenar de «Edificios Mori» en Tokio, y Roppongi Hills es solo uno de ellos.

Yo conocí a mi mujer en una cafetería dentro de un edificio construido por Mori. ¿Estaríamos ahora juntos si el edificio nunca hubiera sido construido? La serendipia jugó de las suyas. Años más tarde, al salir juntos de la Embajada de España, celebramos que nos habíamos casado en un restaurante situado también en el interior de un edificio Mori (El mismo en el que Leonardo DiCaprio y Watanabe Ken se suben al helicóptero al principio de la película Inception).

Esta semana la familia Mori ha puesto en marcha centros de vacunación en muchas de sus instalaciones. Y gracias a ello, a aquellos que tenemos oficinas en alguno de sus edificios nos han empezado han empezado a vacunar esta semana. Esto está sucediendo también con empleados de otras grandes empresas con oficinas en Tokio (No solo en edificios Mori). Al resto de la población de Tokio se la irá vacunando también durante las próximas semanas, pero gracias a este «adelanto» de Mori y otras grandes empresas, somos muchos los que ya estamos vacunados. Esto quizás estaría mal visto en otros lugares, ya que se está dando preferencia a gente con mejores posibilidades económicas que otros, pero aquí en Japón nadie se ha quejado, se ve como algo normal.

Gracias señor Mori por vacunarnos.
Gracias señor Mori por construir torres que nos sirven de faros en la gran ciudad para guiarnos en nuestras noches «roppongianas».

En este video se puede ver el último proyecto de Mori: Toranomon-Azabudai Project. Terminará de construirse a principios del 2023. Me pregunto qué otras historias y encuentros serendípicos se forjaran su interior en el futuro.

Meiji Jingu – Mi constante en la eternidad

Hoy cumplo 16 años en Japón.

¿Has sentido alguna vez vértigo de la vida?
Miras al pasado y al futuro y sientes el corazón encogerse, no sabes a dónde agarrarte para no caer en un abismo de angustia existencial.

Una o dos décadas han pasado volando y te das cuenta de que las siguientes también se esfumarán y todo lo que quedarán serán recuerdos similares a la reminiscencia efímera del resplandor de una vela que se acaba de apagar.

Me imaginé estrellas de colores flotando en el cielo,
cayendo hasta terminar adornando el jardín interior del santuario,
dando pinceladas de violeta, púrpura y blanco a los verdes del paisaje.

No eran estrellas, eran flores de iris.

Corría una brisa ligera, llevándose con ella algunos pétalos.

Crucé el campo de iris hacia la fuente de Kiyomasa y comencé a sentir mono no aware (物の哀れ), una punzada de melancolía, el tiempo vuela tanto para las flores como para el resto de nosotros.

La flor de iris japónica (originaria de Japón y china) es bella pero frágil y efímera, evoca ichigo ichie y son muchos los/as poetas japoneses que se han inspirado en ella.

«Temblando,
en medio del césped,
las iris florecen.»
– Kobayashi Issa

Este jardín de iris era uno de los lugares favoritos del Emperador Meiji y la Emperatriz Shoken para pasear a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Tras la muerte del Emperador Meiji en 1912, el gobierno japonés decidió erigir un santuario en su honor llamado Meiji Jingu 明治神宮. El plan fue rodear el jardín de iris con el recinto del nuevo santuario. Se terminó de contruir en el noviembre del 1920. Escribo esto en verano del 2020. Meiji Jingu, con las flores de iris en el centro, cumplirá los cien años dentro de poco.

Me pregunto qué sentían el Emperador y la Emperatriz cuando paseaban por el mismo paisaje, contemplando los violetas intensos, casi de amatista de las iris.

Fuente de Kiyomasa. El agua surge desde abajo, de entre las piedras rodeadas por el cilindro.

Después de lavarme las manos en el agua de la fuente de Kiyomasa, la cual dicen muchos que es un «power spot» (パワースポット: localización con poderes de curación) conectado por líneas invisibles de energía al Monte Fuji, salí del jardín de iris. Luego crucé una puerta torii y el portal Minami-Shinmon para entrar en el recinto principal de Meiji Jingu y dar una vuelta por su interior antes de volver a casa.

Han pasado unos meses desde mi paseo entre las estrellas caídas, que ahora y ya no están, hay que esperar a que llegue el final de la próxima primavera para ver las iris otra vez.

Hoy vuelvo al santuario. No hay nadie, solo los cuervos y yo. Enseguida entro en un estado reflexivo y quasi-meditativo.

Cruzo las puertas torii y paro un instante a contemplar la nobleza de la madera de sus vigas. La textura y color es similar a la de los troncos de los árboles vivos que me rodean. El bosque es denso y frondoso, cada árbol parece querer imponer su elegancia única y el musgo oscuro cubre la cara norte de cada tronco.

Me lavo las manos en el temizuya especial que han preparado para tiempos de covid-19 y me paro a leer un letrero que explica que se están preparando para las celebraciones del centésimo aniversario. Pero resulta que el santuario en el que estoy ahora ya no es el que se construyó para conmemorar la muerte del Emperador Meiji, el original fue completamente reducido a cenizas por bombarderos B-29 estadounidenses en 1945. La iteración actual fue una reconstrucción que terminó en 1958 siguiendo el mismo estilo arquitectónico original nagare-zukuri 流造 y usando los mismos materiales: ciprés japonés y cobre para techos y adornos.

Si fue destruido en la guerra,
¿qué es pues lo que cumple 100 años?

La foto de la izquierda fue tomada el día de la inauguración en noviembre de 1920, la otra fue tomada en diciembre del 2019 (Última celebración de hatsumode antes de covid-19. Y la «meta-foto» que veis aquí la he sacado hoy cuando se despejó el cielo.

Para mí el santuario de Meiji Jingu cumple hoy 16 años.

Aterricé en Japón el 31 de agosto del 2004 y al día siguiente, di mi primer paseo por Meiji Jingu. Lo disfruté mucho. Capturé multitud de fotos, todas ellas con mentalidad de turista, posando delante de las puertas torii sonriendo y sacando pecho tal que si fuera algo único que solo iba a tener la oportunidad de visitar una vez en la vida.

¡Qué equivocado estaba!

Ironías de la vida, el destino quiso que por unas razones u otras, las oficinas donde trabajé en Tokio y los lugares donde residí estuvieron siempre en barrios cercanos a Meiji Jingu. El factor cercanía combinado con mi afición a pasear me ha llevado a explorar este santuario sintoísta centenares de veces. Es mi sitio favorito para reconectar con la naturaleza.

Poco a poco Meiji Jingu se convirtió en una constante que añade estabilidad y ayuda a centrar mi vida en esos momentos en los que siento atisbos de vértigo existencial. Mis paseos por Meiji Jingu son ahora mi tradición o ritual personal, al igual que lo fueron los paseos de las cinco de la tarde de Immanuel Kant por Königsberg.

¿Qué habría pensado mi «yo de 23 años» el 1 de septiembre del 2004 si hubiera podido ver mi «yo de 39 años» de hoy (1 de septiembre del 2020) a través de una máquina del tiempo paseando por el mimo lugar?

Conozco muchas caras de Meiji Jingu, una de mis favoritas es verlo vestido de blanco en inverno a las 6~7 de la mañana.

En el capítulo The Constant (La constante) de la serie Lost (Perdidos), la consciencia de Desmond salta temporalmente alternando entre el 1996 y el 2004. ¿Cómo puede estabilizar estos saltos en el tiempo que lo están volviendo loco? Desmond debe encontrar su constante. En su caso termina definiendo su constante en el amor de Penny. Una vez consigue contactar con ella, con su constante, el «túnel temporal» desaparece y la mente de Desmond deja de saltar en el tiempo.

Gracias a don.robot por la camiseta de Desmond.

Me es difícil elegir una sola constante, tal y hizo Desmond en Lost. Pero si mi vida fuera una ecuación, Meiji Jingu sería una constante con mucho peso. Este lugar es un ingrediente que por alguna razón misteriosa siempre ha estado conmigo desde el primer día que llegué a Japón.

Afortunadamente, yo no sufro de problemas de saltos temporales como le sucede a Desmond, pero cuando noto que me siento abrumado por preocupaciones, necesito espacio para reflexionar o siento inquietud en general; tiendo a terminar cruzando las puertas torii dejándome abrazar por la naturaleza que lo rodea. Pasear por Meiji Jingu es mi terapia, es una constante importante que me calma y me ayuda a integrar mis pensamientos.

¿Cuál es la constante de Meiji Jingu? ¿Cuál es la esencia de este lugar que no cambia aunque sea reconstruido?

Vicente Blasco Ibáñez dio la vuelta al mundo hace cien años en un crucero. En el año 1923 su barco atracó en Yokohama, y pasó unas semanas visitando Japón.

Blasco Ibáñez escribió (La negrita es mía):

«Seguimos una avenida solitaria, en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de quimono. Todos mueven a un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente a esta hora casi meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de los cedros japoneses.»

En mi paseo de hoy por Meiji Jingu, mi ojo busca fotografías para ilustrar las palabras de Blasco Ibáñez. Estas dos fotos que acabo de capturar podrían servir de ilustraciones acompañando las palabras de Ibáñez si no fuera porque el barrendero lleva vestimentas modernas y ambos cubren sus caras con mascarillas.

Un hilo conductor invisible parece conectar el Japón del pasado, por el que pasearon el Emperador y Emperatriz Meiji, el que visitó algo más tarde Ibáñez y el del presente en el que estoy yo ahora.

El bosque que rodea a Meiji Jingu va renaciendo, algunos de los árboles son centenarios, otros fueron plantados los últimos meses. Al igual que los árboles del bosque que lo rodean, el santuario también renació siendo reconstruido en 1958. El tejado, que estaba en malas condiciones, fue renovado hace poco. Todas las tejas de cobre fueron reemplazadas.

Va renovándose en ciclos gráciles sin importar que sea algo natural (El bosque y las flores) o lo artificial (Los edificios del santuario). Pero no son renovaciones abruptas, son sutiles, cuidando que la esencia se mantenga. Este efecto de «renovación manteniendo la esencia» es algo que el buen observador notará en prácticamente cualquier lugar de Japón (Excepto en ciertos puntos de Tokyo donde la modernidad está barriendo toda esencia del pasado).

El método de construcción, el mapa del recinto, la estructura y aspecto de los edificios, son iguales ahora que hace cien años. También las tradiciones y festivales que se celebran en él cumplen cien o incluso más años, ya han sido practicadas dentro de la tradición sintoísta desde hace miles de años, mucho antes de que Meiji Jingu se inaugurara.

La esencia de Meiji Jingu permanecerá, se renueva como un ave fénix, los que vamos cambiando somos nosotros, las generaciones de seres humanos que vamos visitando su recinto.

Meiji Jingu en el 1925, trece años después de la muerte del Emperador Meiji y dos años después de que Blasco Ibáñez visitara Japón.

Meiji Jingu en el 2008 fotografiado durante uno de mis paseos.

«Las vidas de los mortales son como las generaciones de hojas. Ahora el viento dispersa las hojas viejas por la tierra, ahora la madera viva deja paso a nuevos brotes y la primavera volverá a llegar. Lo mismo pasa con nosotros los seres humanos: una generación nace, y otra muere.»
– Homero en la Ilíada.

«La brisa te abraza a tí y a las hojas,
ahora vuelan con gentileza,
luego acariciarán las aguas del Tamagawa.»
– Este es un intento mio de escribir un poema cuando vivía cerca del Tamagawa.

El arte y las tradiciones son herramientas de las que disponemos los seres humanos, además de para retener sabiduría intergeneracional, también nos sirven para establecer constantes con las que desafiar el paso del tiempo ayudarnos a abrir brechas en el textura del espacio-tiempo donde podamos vislumbrar destellos evanescentes en la eternidad.

Un santuario, un templo, una catedral, una sinagoga, una mezquita, son todas ellas obras de arte que contienen tradición y sabiduría humana.

En occidente tendemos a construir edificios y obras de artes imponentes y resistentes al paso del tiempo. En cambio, en Japón quizás tengan más peso las tradiciones y las formas de hacer algo (Son más importantes los métodos de construcción que el edificio en sí), porque terremotos y desastres naturales tienden a destruirlo todo cada cierto tiempo.

Si bien los «ingredientes» de Meiji Jingu no son exactamente los mismos ahora que cuando se inauguró, las tradiciones y las «formas» que constituyen su «receta» original siguen siendo las mismas.

Una brisa ligera abanica las ramas de los árboles, dos cuervos me observan conforme salgo del santuario. Vuelvo a casa con las dos fotos en blanco y negro que he compartido más arriba, son mi intento artístico personal de crear grietas en el espacio-tiempo que me conecten con lo que sintieron el Emperador Meiji y Vicente Blasco Ibáñez al pasear por el mismo lugar.

Los paseos por Meiji Jingu son espejos de mi alma. Son una referencia que me sirve para reflexionar y comparar mis «yos» del pasado con el del presente.

¿Cuál es el espejo de tu alma?

La esencia de Meiji Jingu se mantiene aunque cambien los techos de cobre o las columnas de madera. La esencia de mi ser tampoco cambia, o eso quiero creer … ¿qué es lo que no ha cambiado del Héctor que caminaba por Meiji Jingu en 2004 y la versión actual de Héctor del 2020?

¿Cuál es tu constante o cuales son tus constantes en la vida?

¿Qué actividades, personas, lugares, valores, te ayudan a integrar pasado presente y futuro en un hilo conector?

¿Qué te ayuda a tener instantes de conexión con la eternidad?

«Cualquier momento puede ser el último.
Todo es más hermoso porque estamos condenados.
Nunca serás más adorable de lo que eres ahora.
Nunca estaremos aquí otra vez.”
– Homero, la Ilíada

«El eco de lo que hacemos ahora resuena en la eternidad.»
– Marco Aurelio, Meditaciones

«No hay nada que puedas ver
que no sea una flor,
no hay nada en lo que puedas pensar,
que no sea la luna.»
– Matsuo Basho

21 días en cuarentena voluntaria

Hace 21 días tomé la decisión voluntaria de encerrarme en casa con mi mujer. Somos muchos los que estamos haciendo lo mismo aquí en Tokio y otros lugares de Japón. Trabajar desde casa sin tener que ir a la oficina se está convirtiendo en la norma: oficinas, gimnasios, escuelas, edificios oficiales están cerrando u operando con servicios mínimos.

He notado que estar tanto tiempo encerrado afecta a mi estado anímico.

Estas son algunas de las prácticas que he comenzado a adoptar para llevar mejor este estilo de vida hasta que la amenaza del COVID2019 pase.

Trabajo:
– He creado un espacio dedicado en casa solo a trabajo. Tengo otro escritorio aparte que es el que uso siempre para escribir y leer.
– Para este nuevo espacio he comprado un «standing desk». Trabajo de pie todo el día.
– Para comunicarme con mis equipos utilizo Zoom para videoconferencia y Microsoft teams/Email para comunicación asíncrona. Hemos creado un sistema sencillo de check-ins y daily standups.
– Me fijo un horario en el que trabajo y cuando termino apago todo en mi zona de trabajo hasta al día siguiente.

Ejercicio:
– Hago al menos 30 minutos de ejercicio al día.
– La mayoría de mi ejercicio consiste en bodyweight training (ejercicios de peso corporal).
– Utilizo una estera de yoga, kettlbells y anillas.

Escribir:
– El aislamiento afecta a mi creatividad, no estoy inspirado y apenas escribo.
– Parece que el encierro me incita más a leer y ver películas que a escribir.

Família y amigos:
– He incrementado el tiempo que dedico a Whatsapp y Skype con familia y amigos.

Comida:
– He revisado todo el kit de supervivencia que tenemos para terremotos y emergencias similares.
– Compro por internet usando Amazon Fresh para comida y Amazon Pantry y Amazon Prime para otros. También estoy haciendo más compras de lo normal con Furusato Nozei.
– Dedico más tiempo de lo normal a cocinar nuevas recetas, intento comer algo delicioso cada día.

La única forma de parar COVID2019 es quedándonos quietos.

¿Cuales son vuestros consejos y trucos para llevar una vida saludable en aislamiento voluntario?