Las primeras bombillas de Edison usaron bambú de Kioto

¿Sabías que las primeras bombillas que Thomas Edison comercializó a gran escala funcionaban con un filamento de bambú carbonizado? Hasta que me lo contaron ayer, yo desconocía esta relación entre las bombillas y Kioto.

Los primeros prototipos de bombillas de Edison se fabricaban con filamento de algodón y sólo funcionaban entre diez y veinte horas antes de romperse. No eran viables para comercializar. Para solucionar este problema, su equipo testeó miles de materiales sin mucho éxito hasta que William H. Moore viajó a Kioto y envió bambú de la especie «madake» a New Jersey. Al carbonizar (en hornos a alta temperatura sin oxígeno) las fibras del bambú japonés consiguieron que las bombillas funcionaran más de 1000 horas seguidas.

Las bombillas con filamento de bambú fueron las primeras que Edison comercializó a gran escala y fueron un gran éxito a finales del siglo XIX. Más tarde, a principios del siglo XX, fueron reemplazadas con las de filamento de carbón metalizado de General Electric y luego con tungsteno.

Al sur de Kioto hay un monumento dedicado a Thomas Edison. Está en el santuario de Iwashimizu Hachimangū, al lado del bosque donde William H. Moore encontró el bambú «madake» ideal para fabricar bombillas. Aunque parece ser que Edison no viajó nunca a Japón.

Otra cosa que no sabía hasta ayer era diferenciar entre especies de bambú. El más común en Japón es el «moso» (mosochiku), por ejemplo el bambú de Arashiyama en Kioto es de esta especie. Crece muy rápido y puede llegar a ser muy gordo (entre 15 y 20 centímetros de ancho).

El bambú «madake» se ve menos; aunque también crece muy rápido, sus cañas no llegan a ser tan gordas. Edison probó las fibras de todas las especies de bambú y el «madake» de Kioto fue el mejor para sus bombillas.

La diferencia visual más evidente entre ambas especies es que el «madake» tiene anillos dobles en cada nudo. Esta primera foto es de «madake», donde se aprecian las uniones dobles.


Y estas son fotos de bambú «moso» en Arashiyama.

Esta última foto la tomé con una Hasselblad 500cm que vendí de segunda mano y ya no tengo.

Hōtō – ほうとう

Suelo bromear diciendo que es más difícil saber lo que comes en Japón que aprender japonés.

El otro día descubrí el hōtō (ほうとう), una olla de fideos con verdura (calabaza y setas) y carne, tradicional de la región de Yamanashi. Después de probarlo en un par de restaurantes llegué a la conclusión de está a medio camino entre un chanko nabe y un bol de soba con caldo espeso a base de miso.

Aspecto del hōtō en la olla tradicional de la zona en un restaurante especializado de Kofu.

En las montañas del norte encontramos un restaurante que lo servía en frio.

Aeropuerto de Haneda

Hoy he volado desde Tokio a Okinawa. He estado tantas veces en el aeropuerto de Haneda que ya tengo un par de restaurantes favoritos. Me gusta llegar un rato antes para comer sin prisas.

Hace años conocí a uno de los arquitectos que diseñó parte del aeropuerto de Haneda. Nunca me había fijado en los edificios de Haneda hasta que le oí hablar. Me impresionó mucho como explicaba sus ideas y su convicción a la hora de seguir sus principios de diseño. Desde entonces me fijo sobre todo en el interior de las terminales, son luminosas y el acceso a las puertas de embarque es rapidísimo.

Las palabras inspiradoras de alguien pueden hacer que comience a interesarme en algo que antes ni si quiera había notado.

haneda

De paseo por Ginza

El barrio de Ginza es un lugar al que no suelo ir, hay poco que hacer a no ser que vayas de compras. Lo que más me gusta es que los fines de semana y días festivos cortan las calles al tráfico y dejan que los peatones caminen a sus anchas por las avenidas. Solían poner mesas y sillas por el centro de la via, pero ayer que era festivo por ser «El día de la Montaña» ya no vi ninguna silla para descansar.

El nombre de Ginza (銀座) parece ser que viene de cuando a principios de la era Edo (Siglo XVII) se estableció la casa de la moneda del sogunato que acuñaba monedas con plata «gin» (銀). El barrio es de calles rectas porque un incendio en 1872 destruyó casi toda la zona y el plan de reorganización siguió ideas modernas de un ingeniero irlandés llamado Thomas James Waters. Fue el primer lugar de Japón con aceras, farolas y calles con varios carriles.

Los edificios de Ginza volvieron a caer otra vez en el terremoto de Kanto en los años 20. Se volvió a reconstruir todo, pero en los años 1944-1945 las bombas aliadas destruyeron otra vez todo.

Hoy en día se conserva la estructura de avenidas anchas y rectas, y algunos de los edificios más viejos del barrio como el de Matsuya tienen ya setenta años.

Otro dato curioso es que en Ginza si quieres comprar terreno, un metro cuadrado cuesta entre 70 y 100 millones de yenes (Aproximadamente entre 400 mil y medio millón de euros).

Fūrin 風鈴

Después de dar vueltas con el coche, subir con un teleférico a una cima y pasear por el borde de un río disfrutando del fresquito generado por las cascadas, a mí me apetecía ya conducir de vuelta hacia Kofu. Pero Tsuchiya propuso seguir subiendo por la carretera hasta un santuario sintoísta. Seguir montaña arriba fue un gran acierto, pudimos visitar el santuario prácticamente en solitario, y lo mejor de todo es que estaba adornado con centenares de fūrin.

El fūrin 風鈴 es uno de mis símbolos veraniegos japoneses favoritos. Son campanitas originarias de China, y se cree que son capaces de ahuyentar los malos espíritus.

Según los japoneses, escuchar el tintineo de los fūrin tiene un efecto «sugestivo refrescante». Quizás es porque aunque haga mucho calor, al oír las campanillas eres más consciente de que hace algo de brisa.

Por la carretera tuve que frenar para dejar pasar a un kitsune 狐 (zorro japonés). Cruzarse con un zorro está considerado como un presagio de buena suerte y prosperidad porque son mensajeros de la deidad Inari.

Un buen baño en aguas de onsen

Al llegar al ryokan Tsuchiya y yo vamos directos al onsen (baños termales). Después de hacer ejercicio no hay nada más placentero que bañarse en aguas volcánicas. Alrededor del Monte Fuji, hay centenares de lugares (hoteles, ryokanes, lugares al aire libre) con baños termales que funcionan sacando agua de debajo de las montañas. Se suele acondicionar para que el baño esté entre 38 y 42 grados.

Entramos en el rotenburo (baño exterior), rodeados por un jardín japonés, rocas volcánicas, el vapor del agua, el olor de los minerales… Mientras nos remojamos Tsuchiya y yo reflexionamos sobre si se podría replicar la experiencia del onsen en el extranjero. La conclusión de Tsuchiya es que «es imposible tener un onsen en España, terminaría siendo un spa con piscinas de aguas termales y zonas adornadas con bonsáis y tatamis… sería parecido pero muy lejos de lo que estamos disfrutando ahora». Asiento sin replicar, pero a mi imaginación le gusta jugar con estos supuestos y pienso: «quizás sí… si se usaran las mismas rocas se podría construir un rotenburo en España».

Si me preguntan qué echaría más de menos de Japón si me fuera de aquí lo primero que respondería sería: los onsen.