Los kami, los osos y las uvas de Yamanashi

La semana pasada estuve unos días en Yamanashi.

Por las mañanas, antes de que apretara el calor, Tsuchiya y yo salimos a correr. No conocíamos la zona pero nos llamó la atención una de las montañas que están frente al Monte Fuji. Envueltos por el silencio del amanecer nos adentramos en el bosque por una senda bastante ancha. Según subíamos, la llanura de Yamanashi se fue alejando a nuestras espaldas mientras avanzábamos bajo la sombra de los momiji con la luz del amanecer colándose entre sus hojas.

Al poco, dimos con la entrada de un santuario.

Tsuchiya, que hasta ese momento no había aminorado el paso lo más mínimo (incluso al cruzar una calle con bastante tráfico), frenó de golpe frente al torii. Hizo una reverencia y, una vez dentro, hizo sonar el cascabel para llamar la atención de los kami (espíritus o dioses) y pedir un deseo. Tras imitar sus gestos, retomamos la carrera por la parte posterior, adentrándonos por una senda cada vez más angosta que ascendía hacia la cima.

—Huele a kabutomushi —dijo Tsuchiya.
—¿Lo dices en serio? ¿Puedes oler los escarabajos?
—Sí, claro. Es un olor que me trae mucha nostalgia.
—Pero es imposible que puedas olerlos.
—Fíjate… es el olor de la tierra que remueven —dijo señalando a una ladera con tierra escarbada.

La conversación me dejó sin aliento. En ese momento me acordé de una de esas técnicas que explican ahora en libros y por internet para saber en qué «zona de entrenamiento» encuentras. Si no te da el aire para articular frases enteras, es que has saltado a la «zona 3», donde el ácido láctico empieza a acumularse para poder mantener el esfuerzo. Según los expertos del fitness, lo ideal es entrenar muchas horas en «zona 2», y solo pasar a «zona 3, 4 o 5» en ocasiones puntuales. De esta forma optimizas el entrenamiento para mejorar tu VO2max (tu capacidad de procesar oxígeno de manera más eficaz).

«¿Pero qué narices hago pensando en cómo optimizar mi fitness en vez de disfrutar de este paisaje idílico?» me pregunté interrumpiendo mi hilo de pensamiento.

Vivimos saturados de dispositivos e información orientados a rastrear cada constante de nuestra existencia. Sentimos la necesidad de optimizarlo todo: dieta, sueño, vida social, estudios, trabajo, cuerpo, mente…

En términos generales la intención es buena, pero cuando se convierte en una obsesión el resultado final es contraproducente. La vida termina siendo en un proyecto de optimización regido por KPIs invisibles establecidos por algoritmos. En lugar de vivir, nuestro comportamiento queda supeditado a lo que diga el ciberespacio y pasamos a ser meras marionetas de la tecnología.

La ironía es que Tsuchiya y yo salimos a correr sin smartphone y sin smartwatch. Aun así, al subir por las sendas de la montaña, en vez de disfrutar del momento, una de mis preocupaciones era que mi pulso cardíaco pasara a niveles de zona tres demasiado pronto. Aun dejando mis dispositivos digitales en el hotel fui prisionero de las cadenas de la optimización digital.

Corrimos hasta llegar a una valla con un cartel que nos advertía que más allá era muy peligroso seguir por los osos. De repente, ya no me preocupan los consejos de los gurús del fitness. En su lugar, pasé a pensar en los vídeos de osos atacando a gente que tanto proliferan en redes sociales y televisión japonesa. Y es que los ataques de osos son un problema muy real, y adentrarse por bosques es peligroso.

Dimos media vuelta, pero antes de iniciar el descenso, nos detuvimos unos instantes en un claro del bosque con vistas panorámicas a la planicie de Yamanashi. El sol ya ganaba altura y el calor comenzaba a apretar. Los tonos dorados del amanecer teñían el paisaje. En el horizonte, se adivinaba la figura del Monte Fuji, muy difuminada por las nubes, pero su silueta era inconfundible.

Bajamos por la ladera y nos adentramos por los famosos viñedos de Kofu. El aroma de las uvas me transporta por un instante a España, a las viñas de mi comarca, la Marina Alta. ¿Cuándo fue la última vez que caminé entre viñas poco antes de la vendimia?

Quizás fue hace 25 o 30 años, cuando era un adolescente. La nostalgia abrigó mi corazón y, por un instante, las uvas de Kofu me transportaron a mi juventud. Me había olvidado de los consejos de internet para hacer ejercicio y también de los videos de ataques de osos.

Por fin, tanto mi cuerpo como mi mente estaban donde tenían que estar.


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