Un buen baño en aguas de onsen

Al llegar al ryokan Tsuchiya y yo vamos directos al onsen (baños termales). Después de hacer ejercicio no hay nada más placentero que bañarse en aguas volcánicas. Alrededor del Monte Fuji, hay centenares de lugares (hoteles, ryokanes, lugares al aire libre) con baños termales que funcionan sacando agua de debajo de las montañas. Se suele acondicionar para que el baño esté entre 38 y 42 grados.

Entramos en el rotenburo (baño exterior), rodeados por un jardín japonés, rocas volcánicas, el vapor del agua, el olor de los minerales… Mientras nos remojamos Tsuchiya y yo reflexionamos sobre si se podría replicar la experiencia del onsen en el extranjero. La conclusión de Tsuchiya es que «es imposible tener un onsen en España, terminaría siendo un spa con piscinas de aguas termales y zonas adornadas con bonsáis y tatamis… sería parecido pero muy lejos de lo que estamos disfrutando ahora». Asiento sin replicar, pero a mi imaginación le gusta jugar con estos supuestos y pienso: «quizás sí… si se usaran las mismas rocas se podría construir un rotenburo en España».

Si me preguntan qué echaría más de menos de Japón si me fuera de aquí lo primero que respondería sería: los onsen.

Los kami, los osos y las uvas de Yamanashi

La semana pasada estuve unos días en Yamanashi.

Por las mañanas, antes de que apretara el calor, Tsuchiya y yo salimos a correr. No conocíamos la zona pero nos llamó la atención una de las montañas que están frente al Monte Fuji. Envueltos por el silencio del amanecer nos adentramos en el bosque por una senda bastante ancha. Según subíamos, la llanura de Yamanashi se fue alejando a nuestras espaldas mientras avanzábamos bajo la sombra de los momiji con la luz del amanecer colándose entre sus hojas.

Al poco, dimos con la entrada de un santuario.

Tsuchiya, que hasta ese momento no había aminorado el paso lo más mínimo (incluso al cruzar una calle con bastante tráfico), frenó de golpe frente al torii. Hizo una reverencia y, una vez dentro, hizo sonar el cascabel para llamar la atención de los kami (espíritus o dioses) y pedir un deseo. Tras imitar sus gestos, retomamos la carrera por la parte posterior, adentrándonos por una senda cada vez más angosta que ascendía hacia la cima.

—Huele a kabutomushi —dijo Tsuchiya.
—¿Lo dices en serio? ¿Puedes oler los escarabajos?
—Sí, claro. Es un olor que me trae mucha nostalgia.
—Pero es imposible que puedas olerlos.
—Fíjate… es el olor de la tierra que remueven —dijo señalando a una ladera con tierra escarbada.

La conversación me dejó sin aliento. En ese momento me acordé de una de esas técnicas que explican ahora en libros y por internet para saber en qué «zona de entrenamiento» encuentras. Si no te da el aire para articular frases enteras, es que has saltado a la «zona 3», donde el ácido láctico empieza a acumularse para poder mantener el esfuerzo. Según los expertos del fitness, lo ideal es entrenar muchas horas en «zona 2», y solo pasar a «zona 3, 4 o 5» en ocasiones puntuales. De esta forma optimizas el entrenamiento para mejorar tu VO2max (tu capacidad de procesar oxígeno de manera más eficaz).

«¿Pero qué narices hago pensando en cómo optimizar mi fitness en vez de disfrutar de este paisaje idílico?» me pregunté interrumpiendo mi hilo de pensamiento.

Vivimos saturados de dispositivos e información orientados a rastrear cada constante de nuestra existencia. Sentimos la necesidad de optimizarlo todo: dieta, sueño, vida social, estudios, trabajo, cuerpo, mente…

En términos generales la intención es buena, pero cuando se convierte en una obsesión el resultado final es contraproducente. La vida termina siendo en un proyecto de optimización regido por KPIs invisibles establecidos por algoritmos. En lugar de vivir, nuestro comportamiento queda supeditado a lo que diga el ciberespacio y pasamos a ser meras marionetas de la tecnología.

La ironía es que Tsuchiya y yo salimos a correr sin smartphone y sin smartwatch. Aun así, al subir por las sendas de la montaña, en vez de disfrutar del momento, una de mis preocupaciones era que mi pulso cardíaco pasara a niveles de zona tres demasiado pronto. Aun dejando mis dispositivos digitales en el hotel fui prisionero de las cadenas de la optimización digital.

Corrimos hasta llegar a una valla con un cartel que nos advertía que más allá era muy peligroso seguir por los osos. De repente, ya no me preocupan los consejos de los gurús del fitness. En su lugar, pasé a pensar en los vídeos de osos atacando a gente que tanto proliferan en redes sociales y televisión japonesa. Y es que los ataques de osos son un problema muy real, y adentrarse por bosques es peligroso.

Dimos media vuelta, pero antes de iniciar el descenso, nos detuvimos unos instantes en un claro del bosque con vistas panorámicas a la planicie de Yamanashi. El sol ya ganaba altura y el calor comenzaba a apretar. Los tonos dorados del amanecer teñían el paisaje. En el horizonte, se adivinaba la figura del Monte Fuji, muy difuminada por las nubes, pero su silueta era inconfundible.

Bajamos por la ladera y nos adentramos por los famosos viñedos de Kofu. El aroma de las uvas me transporta por un instante a España, a las viñas de mi comarca, la Marina Alta. ¿Cuándo fue la última vez que caminé entre viñas poco antes de la vendimia?

Quizás fue hace 25 o 30 años, cuando era un adolescente. La nostalgia abrigó mi corazón y, por un instante, las uvas de Kofu me transportaron a mi juventud. Me había olvidado de los consejos de internet para hacer ejercicio y también de los videos de ataques de osos.

Por fin, tanto mi cuerpo como mi mente estaban donde tenían que estar.

Monte Omuro

Hace unos años subí al Monte Omuro en Shizuoka. Fue un viaje con amigos de esos que te unes sin saber muy bien a dónde vas, por eso fue una gran sorpresa estar de repente en la cima de este volcán con un cráter tan «perfecto». Además, al estar todo cubierto con hierba verde parece de mentira, es como si un diseñador de un videojuego le hubiera puesto una textura verde.

Además disfrutar del paisaje, bajamos al interior del cráter y estuvimos practicando tiro con arco. Hay dianas instaladas en el fondo del cráter donde puedes alquilar arcos y flechas por horas.


Web del «lift» oficial para subir

La isla de Sado – La mina de oro, bañeras que navegan y el pájaro toki.

El verano de hace dos años Francesc y yo visitamos la isla de Sado. Elegimos este destino no porque sea especialmente bello sino por sus rarezas y misterio.

Es la sexta isla más grande de Japón, pero aun así es una gran desconocida. Tiene un pasado oscuro, al ser un territorio tan remoto fue utilizado durante siglos como lugar para exiliar a criminales y mandar a enfermos para evitar la proliferación de plagas en el resto de Japón. Aun siendo una condena algo menos grave que la pena de muerte, cuando alguien era enviado a Sado, nadie esperaba que volvieran.

Cuenta la leyenda que el primer condenado al exilio a Sado fue un poeta llamado Hozumi no Asomi Oyu (穂積朝臣老). Fue enviado a la isla en el año 722 y su crimen había sido criticar al emperador.

Para nosotros no fue un exilio pero sí una escapada de la realidad de las rutinas de nuestras vidas. Fue una pequeña aventura en la que nos encontramos con pájaros toki, vimos radares diseñados para detectar misiles norcoreanos, encontramos motas de oro incrustadas en una piedra cerca de una mina, y navegamos por el mar de Japón acompañados por gaviotas.

Llegamos al atardecer, después de unas horas navegando con el ferry que parte del puerto de Niigata. Es la única forma de llegar, el aeropuerto que tenían dejó de operar en el 2014 por falta de pasajeros. El ferry se llama Toki, igual que el pájaro más importante de la isla. Se trata de una especie de ibis japonés que estuvo a punto de extinguirse pero ahora abunda, sobre todo en la isla de Sado y es la mascota oficial de la isla.

Vimos al famoso toki, volando a lo lejos sobre campos de arroz, pero nos fue imposible de fotografiarlos. Esta es una foto oficial de una web del gobierno:

Foto de gov online go jp

Esto es lo más cerca que conseguimos acercarnos a un toki ^^

Sado está en el mar de Japón, y es el trozo de tierra firme japonés más cercano a Corea del Norte. Está en un punto estratégico para detectar lanzamientos de misiles norcoreanos por eso tienen varias zonas militares y radares apuntando hacia Corea del Norte.

Esta es una de las cimas más altas de la isla, desde donde saqué esta foto hasta el radar está todo el terreno cercado por verjas indicando que es zona militar.

Tras casi mil años de siendo un lugar inhóspito al que nadie quería ir, a principios del siglo XVII encontraron oro en la isla y en apenas unos años comenzó a operar allí la que sería la mina de oro más importante de la historia de Japón. Llegando a producir hasta 400kg de oro al año en sus mejores épocas durante la era Edo.

La mina estuvo controlada por el shogunato de los Tokugawa y fue uno de los factores que ayudó a la prosperidad de los Tokugawa durante la era Edo. Siguió funcionando hasta el año 1989 y ahora la mina es un museo que está abierto al público.

Entramos a la mina, recorrimos varios de sus túneles y estas son las fotos de las diferentes instalaciones de la mina.

Foto de grupo con nuestros compañeros en la visita a la mina.

Otra de las atracciones de la isla son los tarai-bune たらい舟 (Barco bañera), que son barcas diminutas con forma de bañera tradicional japonesa (tarai). El diseño único surgió de la necesidad de los locales para poder navegar bordeando la costa escarpada de la isla y poder pescar marisco con efectividad.

Tarai-bune en la película El viaje de Chihiro

Costas con formaciones basálticas

Interior de un restaurante. En la pared cuelga un póster viejo anunciando cerveza Asahi DRY y un mapa de la isla.

Sado tiene una forma peculiar con cierta simetría si la cortas por la mitad en un ángulo de 45 grados.

Señal para ir al baño

Cómo llegar a Sado:
– Con el ferry toki desde Niigata. Más información en Sadokisen.co.jp.
– Preparad alojamiento y forma de desplazarse dentro de la isla (No hay muchas opciones y no está preparada para el turismo). Listado de hoteles en Sado.

Un paseo por Kappabashi

Kappabashi 合羽橋 es una calle que está entre Ueno y Asakusa en la que se acumulan una gran cantidad de tiendas de utensilios para cocina. Es una zona muy curiosa llena de tiendas extremadamente especializadas. Hay varias que solo venden cuchillos, otras solo de palillos y una que se especializan en escobas y cepillos. Si queréis comprar un buen cuchillo japonés es el lugar ideal para ir. Si simplemente quieres callejear y cotillear en las tiendas está bien para iniciar un paseo y terminar en Asakusa o Ueno.

La mascota oficial de la zona es el Kappa del cual se ven monigotes en las entradas de las tiendas ¿Podéis encontrar los kappa en las fotos?


Esta última foto está tomada ya de camino a la estación de Asakusa mirando hacia el Tokyo Sky Tree.

Localización de Kappabashi en Google Maps.

El puente que cruza la Luna

El puente de Togetsu (En japonés escrito con los caracteres 渡月橋: cruzar, luna, puente) es uno de los más emblemáticos de Kioto. Con sus 155 metros de longitud fue construido por primera vez en el siglo IX para cruzar el rio Katsura hacia el monte de Arashiyama. Aunque se ha reconstruido y restaurado varias veces, la versión actual sigue en el mismo emplazamiento que el original.

Cruzar el puente y pasear por la vera del rio es un placer que disfrutaron incluso los emperadores del antiguo Japón. Fue el Emperador Kameyama en el siglo XII el que le puso el nombre al puente. Estaba paseando en barco por la noche y embelesado por la belleza del momento declaró: «Parece que el puente esté cruzando la luna».

Dicen que los niños y niñas tienen que cruzar el puente sin mirar atrás en ningún momento, si ignoran esta instrucción les traerá mala suerte. Me pregunto si Ghibli se inspiró en este puente para El Viaje de Chihiro.