Después de dar vueltas con el coche, subir con un teleférico a una cima y pasear por el borde de un río disfrutando del fresquito generado por las cascadas, a mí me apetecía ya conducir de vuelta hacia Kofu. Pero Tsuchiya propuso seguir subiendo por la carretera hasta un santuario sintoísta. Seguir montaña arriba fue un gran acierto, pudimos visitar el santuario prácticamente en solitario, y lo mejor de todo es que estaba adornado con centenares de fūrin.
El fūrin 風鈴 es uno de mis símbolos veraniegos japoneses favoritos. Son campanitas originarias de China, y se cree que son capaces de ahuyentar los malos espíritus.
Según los japoneses, escuchar el tintineo de los fūrin tiene un efecto «sugestivo refrescante». Quizás es porque aunque haga mucho calor, al oír las campanillas eres más consciente de que hace algo de brisa.
Por la carretera tuve que frenar para dejar pasar a un kitsune 狐 (zorro japonés). Cruzarse con un zorro está considerado como un presagio de buena suerte y prosperidad porque son mensajeros de la deidad Inari.
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