Hace unos meses tuve el honor de poder practicar meditación zen durante unas horas en un templo al que normalmente solo tienen acceso monjes budistas.
Después de la práctica de la meditación, y de ser golpeado con una vara (keisaku) en el hombro cada vez que me desconcertaba, tuve que limpiar el suelo. Era una sala grande, de unos 50 metros cuadrados. Para limpiarla, solo me dieron un trapo blanco. Tuve que arrodillarme y pasarme un rato frotando el suelo de madera.
El suelo ya estaba impoluto, pero el objetivo de limpiar no es solo eliminar la suciedad. Se trata también de un acto que transforma a la persona que lo lleva a cabo. Conforme limpiaba el suelo, no pude evitar recordar la famosa escena de la primera película de Karate Kid, en la que la primera lección que tenía que superar el alumno era la de: dar cera, pulir cera.
No sé hasta qué punto ser golpeado por una vara y haber pulido un suelo que ya estaba limpio me transformó, pero fue una experiencia meses después todavía me hace reflexionar.
El monje que me golpeó con la vara me escribió un email hace unos días. Me contó, entre otras cosas, que la sala que estuve frotando con el trapo fue el lugar donde aprendió a meditar el famoso D. T. Suzuki hace ya más de un siglo. D. T. Suzuki es una auténtica leyenda, fue el primer japonés que escribió sobre el zen para audiencias internacionales. La máxima suya que más me gusta es:
«En la mente del principiante hay muchas posibilidades, en la del experto hay pocas».
Esta frase encapsula la idea principal del shoshin (初心), el «corazón de principiante». Cuanto más expertos somos en algo, más importante es mantener el espíritu y actitud del primer día. Si nos olvidamos de ello, caeremos en las garras de la rigidez y bagaje de todo lo que hemos ido aprendiendo durante años.
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